Bajo el elevador presuroso y al recorrer los pasillos que me llevan al estacionamiento me percato de una curiosa situación. Veo muchos vehículos de todos tamaños y modelos, pero abundan los modelos nuevos del año.
Hay millones de pesos detenidos en una enorme plancha gris de concreto.
Me sorprende esta escena y me pongo serio pensando ¿que sentido tiene comprar un vehículo que vale lo que cuesta una casa de interés social si lo que vas a hacer con el es estacionarlo 10 horas o mas y solo usarlo 1 hora al día?
Un vehículo nuevo cuesta desde 180 mil pesos y puede ser pagado fácilmente por alguien que tiene mucho dinero y tiempo libre, pero ¿es necesario que un godinez adquiera un coche nuevo solo para tenerlo parado mediodia?
Un godinez promedio como yo no tiene ese dinero a la mano (si lo tuviera yo no estaría en esa prisión) y tiene que recurrir a créditos de hasta 5 años para pagarse ese símbolo de éxito que es un coche nuevo.
Entre más grande sea su coche, más admiración tiene en la sociedad la persona, a pesar de que sin saberlo se vuelve más esclavo a esas prisiones modernas.
Todo esto empieza desde la sociedad consumista en la que vivimos. Se nos enseña que la felicidad es tener un bonito carro (si es camioneta, mejor), una casota en colonia privada y de alta plusvalía y estudiar duro para tener un posgrado y un puesto de director en una empresa grande y todo esto lleva a una dura competencia entre colegas, donde tienes que usar máscaras para que todos sientan respeto hacia tí olvidando los valores que tienes como persona.
La competencia de quien es el mejor empieza desde las universidades donde la prioridad es conseguir un empleo de practicante en una empresa de renombre (aunque sean unos negreros) y tu medalla de ganador es un vistoso y colorido gaffete que no te quitas llegando a clases para que tus compañeros vean que eres un ganador.
Una vez graduado tu siguiente meta es conseguir trabajo en una empresa de renombre y crecer tu salario lo más que puedas. No importa si tu empresa es negrera y tus jornadas no tengan horario fijo de salida, no importa que llegues cuando afuera está oscuro y salgas con la misma oscuridad de la noche y con amenazas diarias de perder tu vida libre, no importa que tu jefe sea un gordo pelón cuarentón prepotente que se siente con la autoridad de humillar a sus empleados, lo importante de este mundo de apariencias es que tengas un buen puesto como gerente o director y tu sueldo sea muy alto.
Para que seas un director exitoso deberás estudiar un posgrado y usar todo tu tiempo libre y dinero para terminarlo.
El siguiente paso de tu vida "exitosa" es comprar una medallota de éxito y si, ya se que están pensando, es el carro lujoso del año.
El coche, entre más oriental sea su marca, mas nuevo sea el carro y que sea de gran tamaño, el status va a ser de más plusvalía y más si te rodeas de gente falsa e interesada.
No importa que te endeudes con un crédito a 72 meses, no importa que tu refrigerador esté vacío, no importa que tus placas estén vencidas por los impuestos tan altos de dicha medallita, no importa que gastes mucho en gasolina y no importa que tus calzones tengan muchos agujeros de lo viejos que están y que vivas con tus padres. El estatus de ganador debe de ser mostrado ante todos y pobrecito si andas en camión o con un carro viejo, nadie te volteará a ver y de pobretón no vas a pasar.
La última meta de tu vida, ya que eres un gerentazo con camionetón nuevo es casarte con tu flamante pareja y juntos pagar esa casota ubicada en una colonia privada nueva de alta plusvalía. No importa que te endeudes a 30 años con un crédito de altos intereses, no importa que tu casa esté sola sin muebles, no importa que tu ropa esté descocida. Tu mansión será la meta final y todos verán que tuviste éxito en tu vida.
Hasta aquí ya tienes tus logros de ser gerente o director, tener posgrado, carro nuevo y casota nueva y a eso agrégalo trofeitos como un smartphone de 20 mil pesos o viajes a Europa, pero ¿eres feliz?
Continuara...